“Mi alma está muy turbada; y tú, Jehová ¿hasta cuándo?” (Sal. 6:3).

Mi padre tenía serios problemas con el ácido úrico. De vez en cuando le ocurría un ataque agudo de gota. Los dolores que produce esa situación son grandes, apenas si se puede soportar el ligero toque de un paño sobre el dedo del pie afectado. En una ocasión, el doctor le recetó un medicamento para que se le redujera la inflamación. Recuerdo que me envió urgentemente a la farmacia. Durante un tiempo, después de tomar el medicamente, le oía decir: ¿Cuándo hará efecto esto? Quería que el alivio fuese inmediato, pero el fármaco debía seguir su proceso de acción y tardaba un tiempo en hacerlo. Dios puede permitir que pasemos por aflicciones intensas. Hay existencias que son una continua experiencia de pruebas y dificultades En estas circunstancias, tanto los que sufren, como los que ven sufrir, no pueden, por menos, que exclamar: “Señor, ¿hasta cuándo?”. En esos momentos, cuando el dolor oprime y la angustia invade el alma, es incluso difícil creer y, sobre todo, creer que Dios es amor. No cabe duda que nosotros no vemos más que los caminos de Dios, porque nos es difícil ver Su corazón. Es como cuando el día está nublado; las nubes no nos permiten ver el sol que está sobre ellas. ¿No ocurre lo mismo con Dios que nos dice que Sus pensamientos para nosotros no son sino “pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis”? (Jer. 29:11). La duda surge cuando el dolor oprime y el tiempo se hace tremendamente largo, en medio de las pruebas. Sin embargo, aun así, debiéramos pensar que Él no permitirá que seamos probados más allá de nuestras fuerzas, sino que con la prueba nos dará las fuerzas para sobrellevarla. Cuando el dolor no nos conduce al Médico Divino, nos sumerge en la tristeza, e incluso en la desesperación, alterando nuestra vida y llevándonos a un embotamiento espiritual que nos impide distinguir que nuestro Dios bueno, está esperando en nuestro camino para conducirnos hacia una realidad espiritual superior. Es la consecuencia de una visión limitada. Recordemos como Lázaro, lleno de llagas, a la puerta del rico, vivió la aflicción por un poco de tiempo, pero al final se durmió en paz. ¿Qué decir del paralítico de Betesda? Treinta y ocho años con su prueba, para hallar, al fin, al Salvador. Miles de ejemplos en la historia universal, y otros muchos en la Biblia nos ponen delante de aquellos que por la “fe y la paciencia fueron herederos de las promesas”. ¿Qué tiene Dios para tu futuro? No lo sabes, pero no dudes que nunca será Su propósito hacerte un ser infeliz. La frase que seleccionamos en el versículo: “Señor, ¿hasta cuándo?, puede ser una expresión de inquietud o una manifestación de fe que, en medio de la prueba, descansa en el Señor. Esta es la ocasión para que nuestra oración de necesidad sea oída por Él. Encontraremos la verdad admirable de que “todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo”. En medio de la aflicción por que podamos estar pasando, seremos aliviados y conducidos por el camino de Su gracia, mientras con un corazón lleno de gozo, diremos también: “Jehová ha oído mis ruegos; ha recibido Jehová mi oración”

 

Samuel Pérez Millos