“Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento” (Mt. 14:32).

La situación de los discípulos era, humanamente hablando, comprometida. Habían salido del lugar donde estuvieron con Jesús y, por Su indicación navegaban atravesando el Mar de Galilea. No fueron ellos los que escogieron cruzar el mar, el Señor se lo había ordenado; ellos simplemente obedecieron al “entrar en la barca e ir delante de Él a la otra ribera” (v. 22). Como hombres no eran perfectos, pero no había razón alguna pare encontrarse en una situación así. La barca estaba en medio del mar, distante ya de la tierra, enfrentándose a un violento temporal, azotada por las olas y con el viento en contra. Pareciera que la fidelidad al Señor, el compromiso de obediencia, les había llevado a una situación así. Ocurre muchas ves esto con nosotros, cuando los conflictos se producen y las tormentas azotan la nave de nuestra vida, buscamos razones para explicarnos a nosotros mismos la causa de la situación, y lo único con que nos encontramos es con una pregunta sin respuesta. Entonces intentamos con todas nuestras fuerzas, luchar contra la situación que nos envuelve. Pero enseguida nos damos cuenta que no tenemos capacidad para superar la prueba, que poco a poco nos vamos agotando, y sólo estamos rodeados de un mar embravecido y de un viento en contra. Sin embargo, es en estas circunstancias difíciles cuando el Señor viene a nuestro lado para prestarnos Su ayuda. No está lejos del conflicto, viene a nosotros caminando sobre el mar enfurecido de nuestra vida. Podemos verlo por fe, como los discípulos en aquella noche. Es posible que sea una fe muy pequeña que no es capaz de ver esa realidad y creemos que es una suposición nuestra, que el Señor no está tan cerca en la angustia. Nuestras fuerzas debilitadas no son capaces de discernir entre lo que desearíamos que ocurriese y la realidad de lo que va a ocurrir. ¿Estás sintiéndote solo con tu problema? ¿Desearías ver la intervención del Señor ayudándote ahora? Está a nuestro lado, presente en la situación de dificultad por la que atravesamos, conforme a Su promesa y compromiso: “Con él estaré Yo en la angustia; lo libraré” (Sal. 91:15). El Señor ha venido ahora a tu lado para ayudarte. Pero es necesario entender que, en la experiencia de los discípulos, el mar se calmó y el viento se aquietó cuando el Señor subió a la barca. Mientras se mantuvo cerca, los elementos agitaban la nave, pero se calmó la tempestad cuando estuvo en la barca. Es posible que lo veamos cerca, pero no es suficiente. Sólo cuando esté en la barca de nuestra vida, cuando permitamos que Su presencia llene toda nuestra existencia, cuando reconozcamos delante de Él nuestra necesidad, cuando le pidamos que tome el control de la situación, comenzaremos a sentir la calma que sólo Él puede producir en nuestra vida, aquietando el viento y las olas de la tormenta. Podemos seguir luchando solos o pedir al Señor que entre en nuestra barca. Es nuestra responsabilidad. De la decisión que tomemos hoy dependerá que se alcance la paz o que sigamos sintiendo la inquietud que debilita y aflige.

Señor, entra ahora en la nave de mi vida y toma el control; porque necesito como nunca sentir Tu paz.

 

Samuel Pérez Millos