Iglesia Cristiana Evangélica en Munro

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El camino del creyente

“Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va aumentando en resplandor hasta que es pleno día” (Pr. 4:18 BLA).
Uno de los espectáculos más impresionantes es ver amanecer en la montaña. Muchas veces, cuando pasaba unos días con la familia en un pequeño pueblo de Galicia, me levantaba al amanecer para ver como el día iba surgiendo. Al principio es una tenue luminosidad que se aprecia en el horizonte, luego el cielo se va tiñendo de un color rosáceo, al que sigue la aparición del sol que va iluminando las cimas de los montes. Las sombras de los valles van desapareciendo. El sol se ve esplendoroso al medio día, pero, de ahí en adelante va declinando hasta que el ocaso da paso nuevamente a la noche. No ocurre así con la senda del creyente, que “va en aumento hasta la perfección”. Todo lo humano declina, pero, lo divino aumenta. ¿Qué senda es esta llamada “de los justos”? Es el camino por donde transitan los que han sido justificados por Dios mediante la fe. Es la vida de aquellos que antes éramos tinieblas pero que ahora somos luz en el Señor. Nosotros tenemos una fe que va en aumento. Parece esto contrario a toda lógica. La vida de las personas decrece a medida que los años pasan; pero la de los justos va en aumento día a día. El Señor dijo: “yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10), y esta es la verdad, y esta la bendición. ¿Podemos entender esto? Cristo es nuestra luz (Jn. 8:12), Él también es nuestro camino (Jn. 14:6). Los justos caminamos guiados por quien es el camino y es la luz. Además, la Palabra, como un reguero de luz dirigida a la porción del camino que tenemos enfrente, nos permite saber en dónde debemos poner el pie (Sal. 119:105). Nosotros, por la gracia, también somos luminosos, somos luz en el Señor (Ef. 5:8) y caminamos en la luz porque Él es también la luz (1 Jn. 1:7). Es una luz que brota en la oscuridad (Is. 58:10) y que crece, brillando cada vez más. No es como la de las estrellas que desaparece al venir el día, o como la de una vela que va extinguiéndose en el tiempo y se debilita hasta apagarse; nuestra luz, la de nuestro camino, brilla cada vez más, como ocurre con el sol que comienza iluminando el mundo en la aurora y aumenta hasta el mediodía. Las primeras bendiciones que hemos recibido no son nada en comparación con las que nos esperan. Esos primeros destellos no son todavía la luz resplandeciente del mediodía, pero estamos seguros que seremos conducidos por Dios mismo a esa experiencia. Es la luz de las victorias y del gozo desbordante que su Espíritu produce en nosotros. En la senda de los justos las bendiciones crecen, las impresiones divinas se multiplican, la paz es como un río, y el gozo como las olas del mar. Dios nos llama a sentir hoy la bendición que ha comenzado en nuestras vidas. Por ahora no son más que resplandores del alba, pero pronto serán para nosotros el torrente de luz de las bendiciones que Dios tiene preparadas para siempre. Es posible que por ahora estemos, como en el alborear del día, en la sombra del valle, pero miremos como el sol brilla ya iluminando las cimas de los montes, señalándonos que pronto inundará con Su luz el valle donde nos encontramos. No olvidemos que esa luz, la eterna en Su presencia, no declinará jamás y las sombras de ahora serán solo la experiencia de un tránsito fugaz a una realidad definitiva, donde la luz admirable de Dios disipará para siempre las tinieblas de nuestras aflicciones, al estar perpetuamente con Jesús.