Iglesia Cristiana Evangélica en Munro

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El lugar del que estamos cerca

 “…os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial” (He. 12:22).

 En el recorrido alentador por la Epístola a los Hebreos, llegamos a la dimensión de nuestra esperanza. El Espíritu nos dice que ya nos hemos acercado, es decir, no es algo distante y lejano, sino que por la fe se hace certeza y convicción aquello que aún no se ve. El texto dice que nos hemos “acercado al monte de Sion”. Si el monte Sinaí establecía distanciamiento y terror que impedía acercarse, este segundo expresa proximidad, comunión y compañerismo de los creyentes con Dios mismo. Este monte es impalpable desde la experiencia actual del hombre, porque es centro de las bendiciones celestiales. Es equivalente a la ciudad del Dios vivo, que aquí se le llama a la Jerusalén celestial. El monte de Sion está relacionado en el Antiguo Testamento con el lugar donde Dios manifiesta Su presencia de un modo especial y pleno, vinculándolo con las promesas del reino futuro y eterno de Dios (Sal. 2:6). Los creyentes nos hemos acercado ya a este lugar, porque, aunque visiblemente somos peregrinos en la tierra, ya estamos sentados con Cristo en los lugares celestiales (Ef. 2:6). Debemos sentir el aliento de la esperanza acercándonos a la intimidad de Dios, haciéndolo en plena certidumbre de fe (He. 10:22). El monte de Sion, la Jerusalén celestial, es el lugar que el Señor prepara para nosotros según Su promesa (Jn. 14:1-4). No es algo temporal sino eterno. Dios mismo prepara un hogar definitivo donde recogerá a los que son Sus hijos y son también el pueblo de la fe. Acerquémonos ahora al sitio de la esperanza. Observemos que se le llama Jerusalén, que significa ciudad de paz, en profundo contraste con la inquietud que nos rodea en el mundo. Es además celestial porque procede de Dios mismo y es también el lugar donde Él estará para siempre con Su pueblo. El primer aspecto que descubrimos al acercarnos son las dimensiones de la ciudad, inimaginables para el hombre, más de 2000 kms de largo, de ancho y de altura. El Creador que hizo un universo como el que existe hará algo capaz de albergar sin estrecheces a los millones de salvos por gracia mediante la fe, a través de toda la historia humana. A medida que nos acercamos apreciamos también la impresionante belleza del lugar, que el Espíritu compara a calles de oro, puertas de perlas y cimientos con la hermosura de piedras preciosas. Acerquémonos aún más para descubrir una ciudad de condiciones morales perfectas: No hay lágrimas, abundantes en nuestra historia; no habrá muerte, que ha desgarrado nuestra alma; también desaparece el clamor por las injusticias sufridas (Ap. 21:4). Pero, sobre todo, al acercarnos encontramos en la ciudad la gloriosa presencia del Salvador, el apóstol lo destaca sobre todas las bendiciones: “estaremos para siempre con el Señor” (1 Ts. 4:17). ¿Quién no tiene la experiencia de lágrimas, sufrimientos, separación, angustia y desconsuelo? Todo esto se mitiga y el aliento que necesitamos viene a nosotros porque: “os habéis acercado al monte de Sion”. Sí, Señor, que pueda levantar mis ojos de este valle de angustia y disfrutar por la fe lo que tienes para mí; pero, sobre todo, déjame estar hoy más cerca de Ti.