Iglesia Cristiana Evangélica en Munro

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“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré
descansar” (Mt. 11:28)
Un mundo inquieto, lleno de sinsabores y desilusiones produce corazones trabajados y cargados. De ahí la importancia de esta promesa. Jesús nos invita a ir a Él para encontrar descanso. Nadie puede tener disculpas para seguir trabajado y cargado porque el Señor señala el camino para remediarlo, consiste simplemente en ir a Él. No se trata de esfuerzo humano, sino de gracia divina. No radica en hacer algo, sino en recibir la promesa como un don, un regalo de Dios. Es extender una mano de fe y recibir este regalo de la gracia. Tal vez la carga sea grande y el cansancio agotador; podremos estar doblados bajo el peso de la incertidumbre, bajo la carga de la ansiedad, pero de cualquiera de ellas seremos librados y recibiremos descanso. Basta con acudir al Señor y descargar en Él nuestras fatigas. Él llevó sobre Sí el peso aplastador de nuestros pecados para darnos libertad, por eso puede descargarnos de cualquier otra carga que nos oprima. Es necesario ir a Jesús ahora, porque a Su promesa podemos añadir la certeza de Su compromiso: “al que a mi viene, no le hecho fuera” (Jn. 6:36). Tal vez la prueba sea intensa y es posible también que la fe haya disminuido hasta permitir que la duda surja. Es posible que sintamos que no merecemos nada de Él, y que somos indignos de ser aceptados a Su misericordia. Tal vez nuestra alma se pregunte: ¿seré recibido? Si, ciertamente seremos recibidos. El no nos rehusará ni nos echará fuera. De esto podemos estar seguros. Podemos ir a Él en debilidad, e incluso con nuestro pecado, con una fe que tiembla bajo la duda con poca esperanza, pero no nos rechazará. Es posible que estemos enfermos, gastados, manchados e indignos, pero, sea cual sea nuestra situación, el Señor no nos echará fuera. Oigamos su promesa: “Venid a mí los que estás trabajados y cargados, que yo os haré descansar”. ¿Por qué seguir con nuestra vida trabajada y con la carga que nos aflige? Jesús promete dar descanso. Lo único que tenemos que hacer es creerlo. No se trata de probar la fidelidad de la promesa, sólo de aceptar la invitación. Necesito abandonar toda otra esperanza para abrazarme a la promesa de descanso que me ofrece Aquel que es fiel para cumplirla y poderoso para llevarla a cabo. Basta con decirle: “Oye, oh Señor, y ten misericordia de mi; Señor, sé Tú mi ayudador” (Sal. 30:10). Voy a Él en medio de la prueba y le digo con seguridad: “Más yo en ti confío”. Sé que “la salvación de los justos es de Jehová y él es su fortaleza en el tiempo de la angustia”. Voy a él, porque sé que me dará descanso profundo, seguro y eterno. Ese descanso será una realidad día a día, hasta entrar en el cielo, donde trabajos y cargas quedarán para siempre en el olvido, sintiendo la admirable bendición del gozo eterno junto a Él. Señor, que en este instante deposite sobre Ti mi carga, porque sé que Tú no dejarás para siempre caído al justo.