Iglesia Cristiana Evangélica en Munro

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La compañia que esperamos.

“…os habéis acercado…a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el mediador del nuevo pacto, a la sangre rociada…” (He. 12:22-24).
La última reflexión descansaba en la contemplación por la fe del lugar que Jesús prepara para nosotros. Pero el versículo involucra otras bendiciones para recibir también hoy, la provisión de la gracia. A la visión del lugar sigue la de la relación con quienes serán compañeros nuestros. Se llama la atención a la compañía de muchos millares de ángeles, consecuencia lógica de la presencia de Dios en la ciudad celestial. Los ángeles están  destinados para servir a los que somos herederos de salvación (He. 1:14). El texto griego habla de una congregación gozosa de ángeles, resultado de ver ellos el gran número de salvos que estaremos allí. Es el gozo que les produce la conclusión eterna del programa de Dios para salvar a todo aquel que cree. Habla luego de que estaremos integrados en la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos. Ahí está un segundo motivo de aliento para nosotros. Aquellos que han sido salvos estarán para siempre en el mismo lugar con nosotros. Los que nos han precedido en la carrera cristiana, aquellos nuestros que fueron llamados a la presencia del Señor, estarán en una reunión eterna y definitiva con nosotros. No habrá separación jamás. Es posible que hayamos sido conmocionados por la partida de alguien a quien amábamos con todas nuestras fuerzas, pero, las lágrimas de ahora darán paso al gozo perpetuo de la unidad sin que nada ni nadie pueda interrumpirla jamás. Ahora, en la presencia del Señor esperan los nuestros ese glorioso encuentro celestial. La partida de aquellos a quienes amamos fue un anticiparse a nosotros como marcándonos el camino a seguir tras ellos. Hay otro maravilloso motivo de aliento: la presencia de nuestro amado Señor en esa reunión eterna. Se le califica aquí como Juez de toda la tierra, por tanto, hay una perfecta seguridad para nuestro futuro porque este Juez es también nuestro Salvador.
El que es justo hará honor a Su palabra, tomándonos para que estemos para siempre con Él. Allí Su misión será enjugar nuestras lágrimas y hacer desaparecer nuestras heridas, colmándonos de paz y gozo en Su presencia. No hay condenación, sino una franca y generosa entrada en el lugar de nuestro destino eterno, porque nos hemos acercado a la sangre rociada. Es la aplicación personal a cada uno de la obra de la Cruz. No estaremos en el glorioso lugar que prepara y en la admirable compañía de la reunión en ella, por lo que hayamos hecho, sino porque Él vertiendo Su sangre nos
hizo aptos para estar allí. Este es el aliento que necesito hoy. La paz inunda ahora mi alma. Se a dónde voy y se en qué manera estaré allí. Ya distingo el gozo de los ángeles y el canto de los redimidos. Ya puedo sentir la compañía admirable de Jesús. Ya siento la bendición de la reunión eterna. Por tanto, puedo hoy, en medio de las pruebas experimentar la provisión de Dios y puedo decir con gozo: Gracias, gracias, Señor.